lunes, 22 de noviembre de 2010

El Lobo Aúlla entre mortecinas mañanas y placidas noches dementes…! By Jorge Sors. 22/11/10.

El Lobo Aúlla entre mortecinas mañanas y placidas noches dementes…!
By Jorge Sors. 22/11/10.


Solemne y sublime se pinta la noche de grises tonos que asedian la luz y manifiestan el deseo solitario de vagar, sólo la tenue luz que se libera en la lejanía desde los cielos opacos señalan sus pasos y puede hacerle visible ante las mirada cómplices de unos y los rostros temerosos de otros, en especial aquellos que no pueden comprenderle.  Desconfía y se mantiene alejado, sigue sus rastros y las lagrimas que provocan sus heridas se enjugan al pensar que serán saciadas sus ansias entre espasmos de dolor y gritos mortuorios de quienes le han relegado, dejaran entre sus fauces la justa ofrenda por sus pecados y la expiación a la culpa llegará con la sangre que se derrame bajo sus callosas y sucias patas.
Despiadado se justifica pues la soledad lo agobia e inspira sus instintos más arraigados, esos que lo distinguen y lo hacen único, puede descifrar las muecas en sus rostros, observar sus ocultas pasiones y desenfrenos, leer sus memorias y sus pupilas se vuelven traslucidas y dispuestas dejando expuestos sus secretos revueltos entre mórbidos y malvados.
Pero no todo se basa en el gusto por la sangre y legar a su linaje una pureza justa de la cual él no ha podido gozar, también sale a diario a emboscar damiselas vírgenes las cuales vigila tras los arbustos, transforma su fiera estirpe en un ser fornido y afable de aspecto otoñal y refinado, un don Juan apasionado y dispuesto a satisfaces los placeres carnales de aquellas que así los dispongan, busca procrear más cepas con su inteligencia y codicia, librando el encuentro con hembras voraces de su propia especie, ya las conoce y se le tornan inapetentes e insípidas, prefiere la frescura de los valles y le inocencia en las venas de sus amantes.
En las noches de invierno deja colgado tras la puerta su traje matinal y toma sus gruesas pieles que ocultan su lacerado cuerpo lleno de cicatrices de fieras batallas, sus ojos se tornan carmesí solícitos de vino y besos pululantes entre callejuelas vacías y antros repletos de música y perdición, se revela el sigiloso y surge el campante desenfrenado y loco, apático ante la crítica y dispuesto a saborear la noche misma hasta dejarla moribunda entre sus brazos para depositarla inerte en cualquier esquina.
Pesan los años y es una quimera la vida misma, se multiplican los agobios pero se experimenta más durante la noche, en un compas de voces y gemidos se llega al éxtasis y  explota efervescente el deseo impuro que brota ahora cálido por las venas hasta darle ese gusto amarga y seco del brandy entre sus mejillas y la dulce sangre bajo la lengua.
Vuelve la calma al retornar la luz del día, el lobo estepario sigue silente y observa el caminar de manjares fríos sobre la nieve, toma su traje blanco y sus ojos azules acompañan los compromisos del día, sigue presente pero su corazón latente a la espera de más que un almuerzo simple y una paga cualquiera, los  brindis no llegan la compañía de sus congéneres sigue ausente, solo su obscura sombra le sigue detrás y a veces se corva de frente recordándole su forma real que no puede ocultar de sí mismo, una farola dentro de aquella plazuela donde expenden sus productos los dependientes alumbra sus ojos tristes y éste sonriente deja entrever uno de sus colmillos y parte de sus dientes alguien a lo lejos le ha reconocido, es una de sus amadas pretendientes que a pesar de saberlo presente prefiere esperar a la noche cuando su amado retorne fogoso y se mezclen su sangre cálida con la saliva excipiente creando el néctar prohibido que convertirá su carnal figura en una bestia demente bajo la luz de la luna que desperdiga sus rayos bajo una noche que promete.
Dedicado a un maestro inspirador Hermann Hesse y a un amigo lobo  J. Hazanow

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